Una nueva clase para Carlos Pita

El emocionante inicio de curso de un niño con parálisis cerebral en un aula con alumnos sin discapacidad

Puede que a Belinda Benzo se le escape alguna lágrima estos días. Pero no es pena. Es alegría y orgullo. Su hijo Carlos se prepara para iniciar este curso 2014/2015 en una aula ordinaria, con niños sin discapacidad. Carlos tiene parálisis cerebral. Su madre lloró cuando se lo dijeron. Pero después de unas semanas de risas, juegos y bailes con él, de verle crecer entre sus brazos, decidió que en su casa se había acabado la pena. “Yo era muy feliz con mi hijo y decidí que le iba a dar a Carlos todo lo que pudiera para que su infancia fuera como la de los demás niños”. Y uno de sus propósitos era que su hijo fuera a un colegio con alumnos sin discapacidad. “Yo quiero que mi hijo se eduque en la realidad. Y en la realidad hay niños con discapacidad y sin discapacidad”. Carlos no puede andar ni tampoco habla. Al principio, consiguió su propósito a medias. La Junta de Andalucía abrió con él y otros tres niños más un aula específica en Colegio Público CEIP San Ignacio, en San Fernando. Los niños con necesidades especiales están en una clase propia pero pasan mucho tiempo con los demás. “No me gustaba pero tengo que reconocer que a Carlos le ha ido muy bien”. Pero este curso el sueño de la madre de Carlos se va  a cumplir. Y en la inminencia de ese deseo hecho realidad hay nervios y miedo. En primero de Primaria ya hay un sitio para él. Está en la lista. Carlos Pita empieza el cole en una nueva clase.

Hace tres años que el colegio San Ignacio abrió su aula específica con la aprobación de la Delegación Territorial de Educación, Cultura y Deporte de la Junta. Su director cree que la experiencia ha sido todo un éxito. “En realidad, es una suerte que contemos con alumnos como Carlos. Porque estos niños son un ejemplo para los demás del esfuerzo y la dedicación. La demostración de que en el aprendizaje, como en el resto de la vida, hace más el que quiere que el que puede”, resalta orgulloso José Luis Romero. En su larga trayectoria, Romero ha visto de todo. “Hay quien le toca una discapacidad y no para de maldecir lo que tiene que vivir, de lamentarse. Otros prefieren esconder la discapacidad, no verla, no atenderla, como si fuera un avestruz. Y otros prefieren asumir lo que ha ocurrido y tratar de poner en práctica la normalización. Carlos es de esos casos. Es un niño feliz que hace felices a los demás”, resume el director. El colegio ha puesto en práctica el Rinconcito, una experiencia por la que son los niños sin necesidades especiales los que se integran en el aula específica y no al contrario. Una manera de normalizar su situación.

Tras el palo inicial que supone saber que su hijo tiene una parálisis cerebral, Belinda Benzo decidió poner todos los medios para que Carlos tuviera lo que tienen los demás. Pero, como ella dice, “una cosa es lo que una quiere y otra cosa es lo que te encuentras en la sociedad”. Se encontró de golpe con unas barreras que no esperaba. Ella quería que su hijo se matriculase en un colegio ordinario pero la administración le advirtió de que por las características de su hijo debía pensar en un centro especial. Ella se opuso. “No creo en los guetos. Creo en la igualdad”, usa casi como un lema. Por eso se empeñó en escolarizar a su hijo junto con otros niños sin discapacidad. La creación del aula específica en el San Ignacio no la satisfizo por completo. Aceptó porque, al menos, compartiría patio y oportunidades con niños de todo tipo. La experiencia ha sido muy buena. “Lo ha sido, en parte, gracias a Carlos, que ha puesto mucho de su parte. Pero para vencer las barreras, por desgracia, no dependes de ti mismo sino del profesional con el que te encuentres”. Y ella y Carlos se encontraron con Mili, Milagros Montero, la profesora que ha tenido durante todo este tiempo.

Para ella era su primera experiencia en el colegio. Asumió la pionera aula específica en el San Ignacio y se encontró con un niño capaz de todo. “Carlos es muy espabilado, muy inteligente. Con él hemos experimentado todo”. Carlos no puede hablar ni moverse pero sí puede leer y escribir. Durante estos años en el colegio la profesora se ha centrado en encontrar el método idóneo para que pudiera conocer las letras. Escribe gracias a un ordenador con un programa especial que le permite ir seleccionando las letras con un ligero golpe de cabeza sobre un ratón instalado en su silla. Ya lo domina. Hace cuentas, responde preguntas de comprensión de texto. “Carlos no tiene límites. Puede aprender lo que cualquier otro niño. Puede llegar donde quiera”. En seguida corrige. “Puede llegar donde le dejen porque en esta vida hay muchas barreras y nos ha costado muchos disgustos y esfuerzos llegar a donde hemos llegado”.

Pero en esa lucha, hasta ahora, sólo se cuentan victorias. Y la más grande llega este curso. Carlos está preparado para dar sus clases en un aula con niños sin discapacidad. Empezará primero de Primaria. Tendrá que saber lo que los demás compañeros. Sólo algunas pruebas, como las de dibujo, tendrán que ser adaptadas. Pero Carlos, como el resto, tendrá que saberse el temario correspondiente y avanzar sentado en su silla de ruedas junto a su ordenador. “Puede salir mal”, dice Mili, “pero como puede irle mal al niño que tiene al lado. Pero no por ser él tiene que fracasar. Carlos es mucho más que una silla”. La madre se emociona escuchando las palabras de la profesora. Es orgullo. “Lo único que mi hijo necesita de especial en el colegio es el ordenador y un monitor porque tiene dependencia física. Tendrá que pedir un poco más de ayuda que el resto. Pero pedir ayuda no es malo”. Ella fundó la Asociación AFIN para ayudar a familias como la suya. Organiza cursos y talleres, tiene una ludoteca, hay terapias con perros, sesiones de fisioterapia. Servicios que usan niños con y sin discapacidad.

No todos los padres quieren lo que pide Belinda Benzo. “Hay muchos que prefieren llevarles a un centro específico, que no quieren la integración. Algunos me han llegado a decir que no quieren que su hijo sea el payaso de la clase”. Belinda Benzo mira a su hijo y no ve a un payaso, aunque se ría mucho con él. Ve un niño que crece y aprende. “Quiero que vaya a la Universidad“, confiesa con la emoción que da la inminencia de los sueños cumplidos. También hay nervios, inquietud, dudas y un poco de miedo. Pero tristeza ninguna. La pena emigró hace mucho tiempo de esta casa.

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