¿Qué es la leucemia?

La sangre tiene dos partes: el plasma y las células. El plasma es el líquido de la sangre, que es como un caldo donde hay proteínas y sales. La otra parte, que no es líquida y menos abundante (pero no menos importante), son las células.
Si cogemos una gotita de sangre, la extendemos por un cristal y la teñimos, podemos ver todas esas células al microscopio. Es lo que se llama un “frotis”, porque para extender la gota se “frota” un cristal portaobjetos con otro.

Al verlas, lo que más llama la atención es que – la gran mayoría – son unos discos rojos que son los glóbulos rojos. Son los que transportan el oxigeno que respiramos, desde los pulmones al resto del cuerpo.​

En la muestra de sangre, también hay unos puntitos pequeños: las plaquetas. Son las que detienen el sangrado cuando nos cortamos. Trabajan como un gran equipo, forman una red entre ellas, junto con proteínas de la sangre, que resulta en el “tapón” que para la salida de sangre.

Por último, las menos abundantes, son unas células más grandes y de forma irregular, que son los glóbulos blancos. Los glóbulos blancos son como el cuerpo de policía se encargan de buscar y eliminar a los microbios “malos” y elementos extraños. Esos a quienes llaman “las defensas” en algunos anuncios de la tele que vemos a diario.

Resulta que dentro del grupo de glóbulos blancos, hay muchos tipos con diferencias en las funciones de cada uno. Retomando el tema de la policía, sabemos que cada individuo del cuerpo policial tiene funciones muy diferentes: hay detectives, patrulleros, de identificación, técnicos, etc. De manera similar, en el caso de los glóbulos blancos unos se encargan de identificar los cuerpos extraños, otros preparan armas para luchar a distancia, otros atacan cuerpo a cuerpo a los microbios malos, otros dan señales de aviso cuando hay una emergencia, etc. Dependiendo de las funciones, los diferentes tipos de glóbulos blancos tienen diferentes nombres: macrófagos, linfocitos, monocitos, basófilos. Yo soy un linfocito T, uno de esos tipos de células. Por eso mi nombre es Tim.

Ahora bien, ¿dónde “nacen” las células de la sangre? Todas estas células de las que hablamos se originan en el interior de nuestros huesos, en lo que se llama la médula ósea. Nuestros huesos tienen una capa externa dura pero el interior es esponjoso y suave y es donde se producen constantemente millones y millones de los diferentes tipos de estas células.

Dependiendo el tipo y sus funciones, las células de la sangre pueden durar días o semanas, después envejecen y son retiradas en el hígado. El número de cada tipo de célula de la sangre es más o menos similar en el tiempo en que estamos sanos.

¿Qué pasa en la leucemia? En la leucemia (y en otros cánceres de la sangre) un tipo de glóbulo blanco se vuelve “loco” y empieza a multiplicarse muy exageradamente. Esto hace que no quede espacio ni recursos en la médula para producir otros tipos de células, necesarios para cubrir todas las funciones. Es como si en la policía empezaran a haber más detectives, pero menos de los demás tipos de agentes. Al final, sería un desastre porque no se pueden cumplir funciones necesarias como identificar a las personas o vigilar las calles.

Una de las maneras de tratar la leucemia es eliminar todas las células de la médula, para luego “resembrarla” con un poco de nuevas células de médula sana. Y de ahí la importancia de las donaciones de médula, lo que se obtiene de ellas es algunas células sanas que se utilizan para trasplantar a esos pacientes.

El problema es que sólo se puede trasplantar una médula que sea lo más parecida a la que había anteriormente (es lo que se llama donación “compatible”). De esta manera, el receptor no reconocerá el trasplante como un agente extraño. Generalmente, es muy difícil encontrar dos personas con médulas muy parecidas, aunque sean de la misma familia. Apuntarse como donante de médula aumenta las probabilidades de que un enfermo encuentre alguien con médula compatible para el trasplante que necesita.

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